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Manifiesto masculinista

por la emancipación del hombre de la dominación femenina

 


Pubblicazione autorizzata dal Colectivo Azulfuerte in data 3 agosto 2002 qui offerta (per ora in castigliano) in quanto davvero eccellente. Essa prova che lo stesso vento soffia in tutto l'Occidente.  Con i complimenti ed i ringraziamenti all'autore R. Lamas


I. INTRODUCCIÓN

 

  1. La estructura de la mayoría de las sociedades humanas pre-industriales estaba basada en el género sexual de los individuos que las integraban. Aquella diferenciación sexual estaba establecida al servicio de una especialización de las funciones que cada miembro debía desempeñar en el seno de la sociedad. Estas funciones estaban perfectamente establecidas y diferenciadas: básicamente, los miembros de género masculino eran los encargados del mantenimiento económico de la prole, y de su defensa frente a posibles ataques exteriores. Los de género femenino tenían a su cargola educación de los hijos y el mantenimiento del hogar familiar.

 2. Aquella forma de estructuración social tenía una base genética, resultado de una lenta evolución de la especie durante millones de años, y tiene todavía hoy su réplica en la mayor parte de las especies animales que existen en la naturaleza.

 3. Los cambios que se han operado en este terreno han sido experimentados exclusivamente por las sociedades industriales, es decir, aquellas que han sufrido los cambios socio-económicos derivados de la Revolución Industrial, llevada a cabo en los siglos XVIII y XIX. Estas sociedades son, básicamente, las occidentales (además de algunos otros países como Japón). Puesto que estas sociedades son precisamente las más poderosas, los cambios operados en ellas han salpicado en mayor o menor medida a las sociedades que no vivieron - o que lo hicieron en menor medida - el   proceso de industrialización.

 4. La reestructuración de las sociedades humanas industriales es el resultado de la necesidad de las mismas de una cantidad mayor de mano de obra de la que había tradicionalmente, habiéndose visto obligadas a forzar la incorporación de la mujer al trabajo fuera de casa, con la consiguiente subversión de los roles establecidos en la antigua forma de organización social.

 5. Sugerimos que esta evolución podría ser considerada como una suerte de racionalización de las sociedades humanas, y signo por tanto, de una civilización más avanzada. En cualquier caso, los cambios operados constituyen una revolución sin precedentes en el mundo natural, y establecen una diferencia considerable entre las sociedades humanas industriales y las no-industriales que todavía perviven (mundo islámico, algunas culturas orientales, culturas indígenas americanas y africanas, etc), así como con la inmensa mayoría de las especies animales, para las que la estructuración de la manada de acuerdo con el género sexual de los individuos sigue y seguirá vigente.

 6. Los cambios que se están dando en las sociedades post-industriales en lo concerniente a los roles de cada sexo no han sido completados, sino que están todavía en proceso de implantación. En estas sociedades se da actualmente una coexistencia de los sistemas de valores tradicionales con innovadores concepciones sociales que rompen con aquellos, principalmente promovidos por el género femenino y por la ideología feminista. En el medio de este proceso, nadie - ni hombres ni mujeres - tiene todavía muy claro cuáles van a ser finalmente esos nuevos valores ni cómo van a ser vividos..

 7. La enorme complejidad que entraña este proceso, y la coexistencia de varios sistemas de valores a un tiempo genera una gran desorientación en la sociedad. Muchas mujeres permanecen aferradas a los valores tradicionales, aunque casi siempre asumen algunos de los valores modernos. Otras eligen comportarse de acuerdo con los modernos, pero encuentran resistencia en su entorno social. Por otra parte, la asunción de los nuevos valores siempre supone una
 cierta aventura, porque, como hemos establecido, la naturaleza de estos valores no está todavía del todo clara. En cualquier caso, la perspectiva y el discurso adoptados siempre van parejos a la cultura recibida y al entorno (situación económica). Ambos se condicionan mutuamente. Así, en un país rico en el que la mujer tiene buenas expectativas económicas que le permiten ser independiente, esta se puede permitir asumir unos valores mucho más innovadores.

 8. El hombre tampoco escapa a la desorientación que producen estos cambios vertiginosos. Pero su actitud es generalmente pasiva, porque no siente ninguna necesidad de que las cosas cambien, lo cual es completamente natural. Como consecuencia, los hombres generalmente se limitan a asistir al proceso sin intervenir en él, como meros espectadores, siempre a remolque de las mujeres, que constituyen el verdadero motor de los cambios. Sin embargo, como parte activa de la sociedad cambiante, el hombre sufre las consecuencias de este proceso igual que la mujer, y se encuentra si cabe mucho más desorientado que ella ante la marcha de los acontecimientos. Por ello, no sabe frecuentemente qué actitud adoptar ante una mujer ni sabe con claridad lo que se espera de él. El hombre se encuentra con que los valores de la educación recibida chocan frontalmente con los valores de muchas de las mujeres a las que se enfrenta cada día.

 9. El caso particular de nuestro país es especialmente traumático. La sociedad gallega, al igual que otras sociedades europeas, se ha saltado literalmente la Revolución Industrial, manteniéndose hasta bien entrada la década de los 70 como una sociedad eminentemente rural con una economía de subsistencia y una estructura social seudo-feudal . A partir de este momento Galicia se sumerge de lleno en la economía capitalista y se transforma, sin pasos intermedios, en una sociedad post-industrial. Entonces, se suceden de golpe y a ritmo desenfrenado, todos los cambios sociales que no han tenido lugar desde el comienzo de la Revolución, en la Inglaterra del siglo XVIII. Esto acentúa enormemente la situación de desorientación y la pérdida de puntos de referencia estables en la sociedad gallega.

 10. En general, se puede decir que todos, hombres y mujeres, se están resintiendo con el paso del antiguo sistema de relaciones hombre-mujer al moderno. Cada individuo particular se afana en sacar el máximo partido de la situación específica que le ha tocado vivir. Sin embargo, existen en la sociedad una serie de discursos y actitudes que no se corresponden con los objetivos teóricos formulados por la ideología feminista - nombradamente, la consecución de la igualdad plena hombre-mujer en todos los terrenos - sino que buscan sacar partido de la situación de desorden y confusión que se está produciendo, casi siempre a favor del género femenino y en el nombre del feminismo.


II. LOS EXCESOS DEL FEMINISMO

 

11. Entre las mujeres de las sociedades post-industriales está muy extendido el sentimiento de que los hombres ocupaban un puesto privilegiado dentro de las sociedades tradicionales, y que en ellas les estaban reservados a las mujeres los trabajos más pesados y menos recompensados. Este sentimiento está bien fundado. Sin embargo, no es verdad que la situación fuera totalmente favorable a los hombres. Los trabajos en una sociedad regida por los viejos valores son casi siempre igualmente pesados para unos y para otras, y frecuentemente el hombre tiene que trabajar fuera de casa en condiciones al menos tan duras como las de la mujer dentro de casa. Además, en su función de defensor de la patria, el hombre tenía - y tiene todavía en nuestro país - la obligación de incorporarse a filas en caso de conflicto bélico, con el consiguiente riesgo para su vida; riesgo que pocas veces han corrido las mujeres, por otra parte. No pretendemos negar con esto que la situación fuera - y siga siendo- desfavorable para la mujer. Pero tampoco es verdad que la vida del hombre fuera un camino de rosas, como maliciosamente pretenden algunas personas.

 12. Por otra parte, un gran número de mujeres ansiosas por conquistar la igualdad en la sociedad se olvidan de que el cambio social necesario para eso es tan drástico y conlleva un impacto tal en la psicología colectiva, que se necesita mucho tiempo para que la nueva situación se implante y se asimile. No se puede pretender - como pretenden algunas - que de la noche a la mañana los hombres pasen de trabajar fuera de casa a hacerlo dentro, de no participar en las tareas domésticas a ser unos chefs de la alta cocina, de no cuidar de los niños a convertirse en cuidadores profesionales. Los cambios son lentos y no siempre los asimila todo el mundo con la misma rapidez. Si en Europa llevan con ellos cinco o seis generaciones (a duras penas una o dos en Galicia y poco más en el resto de España), harán falta todavía dos o tres generaciones más antes de conseguir una igualdad plena. La igualdad NO puede ser  impuesta por la fuerza.

 13. En cuanto al proceso de equiparación de los derechos de la mujer a los del hombre, cabe señalar que el detonante del mismo no ha sido, como se pretende algunas veces, la propia iniciativa del movimiento feminista. Como ya hemos señalado anteriormente (ver artículo 4), el comienzo del proceso fue desencadenado por otro proceso interno del nuevo tipo de sociedad que se gestó, primero en Inglaterra (s.XVIII) y después en el Continente (s.XIX), a consecuencia de la llamada “Revolución Industrial”. Con esto no pretendemos ni muchísimo menos despreciar el papel decisivo que jugó y juega el feminismo en el llamado “proceso de liberación de la mujer”. Simplemente queremos hacer notar que aquel proceso se desencadenó como consecuencia de una necesidad del propio Sistema.

 14. Un gran error - o una gran mentira - del movimiento feminista consiste en convertir al género masculino en agente activo en el proceso de cambio, posicionado en contra de las reivindicaciones feministas. El llamado “machismo” no es sino una invención del feminismo para dar forma humana a las ideas conservadoras que pretende atacar y que de otra forma constituirían una entidad abstracta y por tanto más difícil de manejar. Además, el machismo es la atribución de la responsabilidad de la antigua organización social al conjunto del género masculino. Esto es una sinrazón, porque la estructuración tradicional de la sociedad no es responsabilidad de los machos, sino de la sociedad en su conjunto, hembras incluidas. Es más, esa estructuración y las ideas que lleva asociadas son transmitidas de generación en generación a través de la educación y de la moral, cuyas máximas representantes en las sociedades tradicionales son precisamente las mujeres, últimas responsables, por lo tanto, de lo que se transmite a través de aquéllas.

 15. Podríamos aceptar la existencia no de una ideología como tal, pero sí de unas actitudes “machistas” en algunas personas - hombres o mujeres - que se resisten conscientemente, y que son activas, de una forma o de otra contra el proceso de cambio que ha sido iniciado en nuestra sociedad. También podríamos considerar “machistas” algunas asociaciones radicales de corte neo-nazi que propugnan, entre otras cosas, la superioridad del hombre sobre la mujer. Afortunadamente, en nuestro país estas asociaciones son prácticamente inexistentes, y consiguen aglutinar tan sólo a un número muy reducido de adeptos.

 16. En cualquier caso, la amplitud del término “machista” es muy inferior a la que pretende el feminismo. Lo que el feminismo frecuentemente etiqueta como “machismo” no es casi siempre más que una actitud conservadora, que además no tiene por qué venir necesariamente de un macho. De hecho, no pocas veces son mujeres las que hacen gala de ese tipo de actitudes. También son mujeres las que con más ahínco suelen defender una educación sexista para sus hijos, y mujeres son las que omiten las tareas domésticas del repertorio de habilidades para transmitir a sus hijos varones.

 17. Al convertir al género masculino en un agente activo en contra de la mal llamada “liberación de la mujer”, el feminismo se asegura una excusa para demonizarlo y convertirlo en objeto de ataque; el feminismo se construye un enemigo virtual que no tiene ningún correspondiente en la sociedad real en que vivimos. Mediante la invención de la ideología machista, el feminismo pretende que todos los hombres se sientan responsables de la situación supuestamente perversa y miserable por la que están pasando las mujeres.

 18. El resultado de todo esto es la generalización entre los hombres de un complejo de culpabilidad y de inferioridad que viene a acrecentar aún más la desorientación a la que ya están sometidos, por la propia naturaleza de la situación cambiante que se está viviendo en nuestra sociedad (ver párrafo 8). El feminismo está consiguiendo que muchos hombres sientan vergüenza de ser hombres. Esto es algo antinatural por principio y constituye un ataque a los derechos
 de las personas.

 19. Sugerimos que la elección del género masculino como objetivo a atacar y perseguir no puede constituir sino un deseo implícito - consciente o inconsciente - de una parte o de la totalidad del movimiento feminista por conseguir no ya la pretendida igualdad, a cuya consecución aspiran también buena parte de los hombres, sino la supremacía del género femenino dentro de la estructura de la nueva sociedad que se está gestando. Esta supremacía resultaría inaceptable, no sólo para la totalidad del género masculino, sino también para buena parte de los miembros del género femenino, y constituiría una violación de los Derechos Humanos.

 20. Sin llevar las cosas tan al extremo - parece poco probable que exista una confabulación feminista que busque la supremacía de la mujer (más allá de ciertos sectores feministas radicales) - sí podemos afirmar que buena parte del género femenino se complace en aprovecharse de la confusión generada en torno al proceso de equiparación del hombre con la mujer para sacarle algo de ventaja al primero (ver párrafo 10). En virtud de esta actitud, hemos llegado a una situación en la que, paradójicamente, es el hombre el que en ciertos terrenos se encuentra en inferioridad de condiciones frente a la mujer, siendo ella la que cada vez más toma la iniciativa, asumiendo el control de la situación en una auténtica dominación del hombre que tiene su expresión en terrenos diversos.


III. LA DOMINACIÓN IDEOLÓGICA Y MORAL

 

21. Mediante el amedrentamiento del hombre (ver párrafos 17 y 18) , el feminismo se hace con las riendas del proceso de cambio en la estructura de nuestra sociedad. Según el propio discurso feminista, el feminismo lucha por la llamada “liberación de la mujer”, lo cual constituye una falacia. En las sociedades pre-industriales no sólo era la mujer la que dependía del hombre para que la mantuviera económicamente. El hombre dependía también de la mujer para que le hiciera de comer, le lavara y le planchara la ropa y mantuviera limpia su casa. Tan mal visto estaba que la mujer trabajara fuera de casa como que el hombre lo hiciera dentro de ella. Por eso, no es verdad - como pretende el feminismo - que el hombre fuera libre y la mujer dependiera de él. La dependencia se daba en ambos sentidos. Y un hombre estaba destinado a casarse, igual que una mujer. El matrimonio era la única vía posible (exceptuando, claro está, la de la carrera religiosa). Por lo tanto, la supuesta “liberación femenina” no es más que una patraña.

 22. En todo caso, podemos reconocer la existencia de un proceso de “liberación femenina” si paralelamente reconocemos la existencia - o al menos, la necesidad - de un proceso de “liberación masculina”. Lo que ocurre es que en nuestra sociedad las mujeres han iniciado su proceso de independencia de los hombres sin que aquellos hayan iniciado su propio proceso de independencia de las mujeres. Por ello hemos llegado a una situación en la que las mujeres casadas deben hacer frente a los deberes masculinos (trabajar fuera de casa) y femeninos (trabajar dentro de casa), mientras que el hombre sólo debe hacer frente a los primeros.

 23. Es muy cómodo - y muy útil - para muchas mujeres, atajar esa situación diciendo que el hombre es un desconsiderado, un machista y un vago, y que lo que pretende al no asumir las responsabilidades tradicionalmente femeninas es perpetuar su dominación sobre la mujer. No vamos a justificar aquí, por supuesto, que la mujer tenga que tener más responsabilidades que el hombre en el terreno de las llamadas tareas domésticas. Pero sí vamos a recordar que, aunque sea una situación muy cómoda para el hombre, no deja de constituir para él una forma de sumisión frente a la mujer, y una forma de dependencia perpetuada, aunque él no se dé cuenta o no lo quiera reconocer. En esta nueva situación, es la mujer la que tiene potestad para divorciarse e iniciar una vida en solitario: es una persona íntegra porque es capaz de realizar todas las tareas de supervivencia de una persona, tanto las tradicionalmente masculinas (mantenimiento económico) como las femeninas (mantenimiento doméstico). En cambio, el hombre siempre necesita una mujer que se encargue de estas últimas. ¿Quién es el dominador y quién el dominado? ¡ Hagan juego !

 24. Dado que es la mujer la que se encargaba - y casi siempre se sigue encargando - de la transmisión de los valores  morales y culturales de nuestra todavía muy conservadora sociedad (y por lo tanto del sistema tradicional de desigualdad ; ver párrafo 14), muy particularmente acentuada en Galicia, ¿con qué derecho se presenta la mujer como la parte agraviada en el reparto de las tareas domésticas? ¿Con qué derecho le exige colaboración a su marido un ama de casa que obliga a sus hijas a colaborar en el hogar, mientras priva a sus hijos varones de ese privilegio, convirtiéndolos en unos inútiles funcionales, expuestos así a la dependencia y a la dominación de sus futuras esposas?  ¡ Hagan juego !

 25. Pero las tácticas de guerrilla psicológica que emplean algunas mujeres para conquistar la dominación del discurso y de la ideología no terminan aquí. No contentas con esta situación, muchas mujeres se complacen en recordarles a sus maridos lo inútiles que son, echándoles en cara constantemente el hecho de que las NECESITAN a ellas para poder sobrevivir, cuando es en muchos casos la educación sexista recibida en su infancia (en buena medida de sus madres - mujeres -) la que les ha llevado a esa situación.

 26. Desde luego, hay un factor importante de relajación y de abandono por parte de muchos hombres, y esto, por supuesto, no es un defecto disculpable. Pero sí explicable. Y aunque las mujeres generalmente salen perdiendo con esta situación, está claro que es el hombre, aunque él no se dé cuenta o no lo quiera reconocer, el que de verdad sale perjudicado. Y esta situación no es una responsabilidad suya en exclusiva. En gran medida es el producto de la educación sexista tradicional, responsabilidad de TODA la sociedad en su conjunto (ver párrafo 14); una sociedad que ha animado a las mujeres a independizarse de los hombres mientras mantenía a estos últimos dependientes de las primeras. Por su propio bien, el hombre necesitaría aplicarse a sí mismo muchos de los principios feministas concernientes a la independencia , al amor propio y al orgullo personal. Paradójicamente, la aceptación de los valores feministas por los hombres no gustaría probablemente a muchas mujeres, y dejaría al descubierto el doble discurso que estas frecuentemente defienden.


 IV. LA DOMINACIÓN ECONÓMICA Y SEXUAL

 

27. De acuerdo con el antiguo sistema de valores, la sociedad pre-industrial premiaba al hombre que mantenía numerosas relaciones sexuales, mientras que penalizaba a las mujeres que seguían ese mismo comportamiento. Los primeros eran unos “machos”. Las segundas, unas “putas”. En las sociedades tradicionales las mujeres debían llegar - de acuerdo con la moral vigente - vírgenes al matrimonio. Por tanto, la sociedad favorecía que la mujer utilizase el sexo como moneda de cambio; sólo lo practicaba a cambio de matrimonio (es decir: a cambio de un marido que les  proporcionase una estabilidad económica). Desde un cierto punto de vista, podemos considerar el matrimonio tradicional  como una auténtica forma de prostitución, de la que todavía se siguen dando muchos ejemplos.

 28. Pero al margen de esta cuestión, y por mucho que cambien las cosas, lo que siempre seguirá teniendo validez es el hecho de que en toda relación seria con vistas a construir una vida en común y formar una familia, la cuestión económica no es ni mucho menos algo despreciable. Cuanto más poder adquisitivo sean capaces de sumar los dos miembros de la pareja, con más comodidad y esparcimiento podrán construir esa vida en común.

 29. Otra cuestión que suele ser tenida en cuenta a la hora de elegir una pareja estable es el sexo. Una buena presencia, un cuerpo bonito y también una cierta actitud de seguridad y autoconfianza son siempre muy valorados en nuestra sociedad actual, igual que lo eran antes y lo siguen siendo todavía en las sociedades más tradicionales. La existencia de estos valores es algo totalmente natural y muy humano, y sobrevivirá a todos los cambios que se puedan operar en el mundo, siendo además valores sostenidos igualmente por los individuos de ambos sexos.

 30. Sin embargo, por alguna razón muchas mujeres sienten la necesidad de negar esta realidad. Acusan a los hombres de sobrevalorar el papel del sexo en una relación - o incluso de buscar sólo sexo - y cuestionan la importancia del poder adquisitivo de la pareja a la hora de elegir. Establecen que esa especie de promiscuidad del hombre (que ellas tachan de irresponsable) es una característica exclusivamente masculina, cuando en realidad ellas se comportan y siempre se comportaron, como mínimo, igual que los hombres con respecto a esa cuestión. Lo que ocurre es que, a diferencia de ellos, las mujeres esconden la satisfacción de sus necesidades sexuales (y/o económicas) detrás de unos sentimientos frecuentemente inexistentes o creados de forma artificial por medio de una potente capacidad de auto-sugestión (o simplemente, inventados de forma descarada).

 31. Los emparejamientos nunca son el fruto de ningún sentimiento de amor espontáneo, generoso y desinteresado. Son el fruto de una imposición genética de la Madre Naturaleza para garantizar la continuidad de la especie, por medio de la necesidad sexual, que de una forma o de otra TODO EL MUNDO - hombres o mujeres - SIENTE LA NECESIDAD de satisfacer. Todo sentimiento de amor es una creación a posteriori, siempre consecuencia de aquella necesidad, y subordinada a ella. Si no hubiese género sexual, y los seres humanos se reprodujesen a sí mismos como lo hacen ciertas especies animales, los individuos no formarían parejas, y lo que conocemos como “amor” se vería reducido a un simple sentimiento de cariño o simpatía hacia otros individuos, muy parecido al de la amistad. Con esto no pretendemos de forma alguna minusvalorar el papel crucial que los sentimientos juegan, ya no sólo en la relación de pareja, sino también en toda relación humana. Sólo pretendemos subrayar el papel absolutamente determinante que la economía y el sexo desempeñan en la constitución de esas relaciones.

 32. Además, la nueva situación cultural a la que se está llegando favorece cada vez más la promiscuidad de las mujeres y censura la de los hombres, de forma que las tornas se están invirtiendo. Cada vez más, una mujer que mantiene numerosas relaciones sexuales de carácter esporádico será considerada como una “chica liberal, moderna y desinhibida”. La misma actitud en un hombre lo dejará a la altura de “un cerdo sin sentimientos y sin escrúpulos, que sólo busca sexo y que es incapaz de sentir amor”. El hombre es frecuentemente considerado como un ser intrínsecamente despreciable, un vicioso, degenerado y deturpado por propia naturaleza; todo ello en base a una conducta que también es ostentada por las formuladoras de aquellas acusaciones.

 33. El discurso que muchas mujeres sostienen contra los hombres en materia económica y sexual (párrafos 30 y 32) va muy en la línea de la dominación discursiva y moral del feminismo comentada en la sección anterior, y no constituye sino una forma más de amedrentamiento y sometimiento del género masculino a la conveniencia del género femenino.


V. LA DOMINACIÓN MEDIÁTICA, POLÍTICA Y CULTURAL

 

34. Dado que los cambios que se están introduciendo en nuestras sociedades post-industriales están siendo promovidos casi exclusivamente por el género femenino y por el discurso feminista ante la pasividad y la desidia masculinas generalizadas, aquellos se han adueñado literalmente de los medios de comunicación y de la vida política y cultural en nuestro mundo occidental.

 35. No es ni mucho menos nuestra intención en estas líneas justificar o infravalorar las tremendas secuelas que en nuestra sociedad está dejando - como siempre dejó - el fenómeno de la violencia doméstica. Sólo queremos hacer notar tres cosas a propósito de esta delicada cuestión: en primer lugar, que aunque parezca cosa de risa, resultaría cuando menos interesante conocer la verdadera magnitud del fenómeno de maltratos de hombres a manos de mujeres, que se esconde tras la vergüenza de los maltratados y del interés de unos medios de comunicación empeñados en ignorar la cuestión. En segundo lugar, que una buena parte de los casos de maltratos a mujeres podría deberse a una inadaptación de los maltratadores a las nuevas condiciones sociales de las mujeres, quedando atrapados entre la educación sexista que LA SOCIEDAD les proporcionó durante su infancia y la actual presión social por la imposición de los nuevos valores, no siempre fáciles de asumir para algunos individuos. Y tercero y último, que por propia naturaleza, la violencia ejercida por las mujeres suele ser mucho más sutil que la de los hombres, que tiende a ser una violencia física y por lo tanto a la vista de todos. Las tácticas usadas por las mujeres para hacer frente a sus maridos suelen conllevar grandes dosis de psicología, y en ocasiones, de cianuro, que puesto en la comida es rápido y no deja rastro alguno. Y desde luego, casi siempre evita que el caso acabe saliendo en el Telexornal.

 36. La dominación del discurso feminista no deja indiferentes a los partidos políticos, que no tienen reparos en asumir cualquier posición feminista, a cambio de un puñado de votos. Aquellas posiciones no siempre son demandadas por la mayoría de la sociedad. La militancia feminista ha conquistado una posición de relevancia en la vida política de los países occidentales, y se complace en imponer algunos de sus puntos de vista a una mayoría que no los comparte, o simplemente que - más frecuentemente - les resultan indiferentes.

 37. El feminismo lleva las cosas a tal extremo que llega en algunos casos a justificar la imposición de cuotas de presencia femenina en las instituciones, empresas, partidos políticos, etc, aún cuando muchas veces la demanda femenina por acceder a esos puestos NO es tan grande como el porcentaje que se pretende IMPONER. Además, el concepto de “discriminación positiva”, puesto de moda por el feminismo, constituye una auténtica aberración. El feminismo la llama “positiva” porque beneficia a las mujeres. Sin embargo, en la propia denominación se reconoce implícitamente que no se trata sino de una forma de discriminación, es decir, una atrocidad, un abuso, un atropello y una tomadura de pelo en cualquier sociedad que se tenga por democrática.


VI. LA DOMINACIÓN LINGÜÍSTICA: LA DETURPACIÓN DEL IDIOMA.

 

38. Paralelamente a las demás formas de dominación que el feminismo ha ido tejiendo sobre el género masculino, se estila cada vez más el uso del llamado “lenguaje políticamente correcto”. Esta forma de hablar y de escribir no es responsabilidad exclusiva del feminismo, sino que es utilizada por una variedad de movimientos sociales en mucha partes del mundo.

 39. El lenguaje políticamente correcto constituye una agresión al idioma sobre el que se aplica, rompe numerosas reglas gramaticales, ortográficas y estilísticas, es un estorbo para la fluidez y la claridad de la expresión, es antinatural y va en contra de las leyes más elementales de economía lingüística. Y lo que es más, no contribuye para nada a cambiar la situación del colectivo al que se pretende beneficiar.

 40. En un pasado reciente, la minoría negra de los EEUU intentó que se dejara de llamarles “negros” porque consideraban que esa palabra tenía una fuerte carga negativa. A cambio, sugirieron el término “personas de color”. En pocos años, esta nueva expresión acabó por adquirir también una connotación negativa, precisamente porque la situación de los negros seguía siendo igual de mala que antes. Entonces se sugirió la palabra “afroamericanos”, que actualmente lleva el mismo camino que sus predecesoras. Y si estos términos de nueva acuñación van adquiriendo constantemente una connotación negativa (de persona sumida en la miseria, la explotación, y de un bajo nivel cultural) es porque esas personas CONTINÚAN estando sumidas en la miseria, la explotación y la incultura. La solución no consiste pues, en cambiarles constantemente la etiqueta, sino en concederles de una vez los derechos que se merecen. Y dejar el idioma en paz. Un negro es un negro. Y un “hombre” puede ser una mujer, si el término se entiende como sinónimo de “ser humano”. Y punto.

 41. La cuestión del género en el caso concreto del español o del gallego, al igual que en otros idiomas próximos como el italiano, el francés o incluso el alemán es un ejemplo muy esclarecedor de la manipulación aberrante a la que el feminismo pretende someter el lenguaje. Desde posturas feministas se defiende que palabras que siempre han tenido género masculino tengan que tener ahora, por fuerza, un equivalente femenino. Lo que el feminismo no quiere comprender es que la naturaleza del género en el idioma posee un carácter estrictamente gramatical y no tiene por qué corresponderse necesariamente con el género sexual del individuo o grupo de individuos a los que hace referencia. La palabra “niños” es de género gramatical masculino, pero entre los niños a los que se refiere esa palabra puede haber alguna niña (de género sexual femenino). Sólo se usará el género gramatical femenino (la palabra “niñas”) si todos y cada uno de los niños a los que se refiere la palabra son de género sexual femenino. Esa regla gramatical para el plural de los sustantivos, elemental en español, no tiene por qué constituir ningún agravio para ninguna persona de género sexual femenino.

 42. En cualquier caso, si el feminismo siente que el lenguaje refleja una situación de desigualdad en contra de las mujeres, lo que tiene que hacer es trabajar para modificar esa situación, y no simplemente limitarse a pintarrajear el espejo en el que esta se refleja - el idioma - para que parezca que la realidad es diferente. El idioma es un fiel reflejo de la sociedad y del mundo en el que se usa. Si estos cambian, él también lo hará (aunque más lentamente). El idioma se autorregula para ajustarse a las nuevas realidades. No es un objeto manipulable desde un despacho, y mucho menos si esa manipulación es una imposición pretendida por una minoría.

 43. Más allá de todas estas consideraciones, y en la línea de las otras formas de manipulación que hemos estudiado en anteriores secciones, cabe sospechar que la manipulación del idioma constituye no un error táctico del feminismo (como podría parecer a simple vista), sino una forma más del terrorismo psicológico empleado por el feminismo en su guerra abiertamente declarada en contra de los hombres y de sus valores, que el feminismo tacha de “machistas”, haciendo un alarde de imaginación.


VII. EL MASCULINISMO

 

44. Aunque a lo largo de este manifiesto hemos procurado cargar bien las tintas en nuestra crítica del movimiento feminista, reconocemos que en esencia, este movimiento no sólo no constituye una amenaza para la dignidad masculina, sino que puede incluso resultar ventajoso para todos los miembros de ambos sexos. Nuestras críticas han estado dirigidas hacia los excesos cometidos por el feminismo, no hacia el feminismo en su esencia misma.

 45. Como ya hemos comentado, el problema de fondo es que los hombres nunca han llegado a tomar parte en el proceso de cambio de la estructura social que está teniendo lugar (párrafo 8); no han buscado un proceso de independencia paralelo al desarrollado por las mujeres (párrafo 22) ni han construido un discurso propio que refleje y sirva de apoyo a sus reivindicaciones a favor de esta independencia. Habiendo el hombre renunciado a su cuota de poder dentro de la dirección de los cambios sociales concernientes al sexo, la mujer de las sociedades post-industriales ha asumido sola el control de la situación, y ha conquistado con su discurso de liberación femenino (el único existente) todas las posiciones dentro de aquellas sociedades (el discurso moral, el terreno sexual y económico, los medios de comunicación, la cultura, la política y hasta los procesos lingüísticos de evolución interna del idioma), provocando una situación de subyugación y dominio del sexo masculino por el femenino, que como consecuencia, no sería justo seguir considerando ya como el sexo “débil”.

 46. El hombre se ha visto desbordado por esta invasión del discurso feminista, y no tiene más remedio que asumirlo como propio (porque es el único que hay), aunque el feminismo ataque sus intereses, en alguno de sus frecuentes excesos. El hombre también tiene el recurso de cerrar los ojos, aguantar el chaparrón y no opinar sobre lo que está pasando a su alrededor. Esto último es lo más habitual.

 47. La mujer se ve así convertida en juez y parte en el proceso de cambio social: siempre es su juicio el que prevalece, en último término, sobre los comportamientos, actitudes y sentimientos de los hombres. Y aunque frecuentemente las mujeres emiten juicios justos, no pocas veces aprovechan lo privilegiado de su situación (como era de esperar) para legislar a su favor en múltiples terrenos, tal y como ya hemos visto.

 48. Cualquier intento de crítica de esta situación por parte del hombre es violentamente rechazado por las posturas feministas, sin tan siquiera detenerse a analizarlo o considerarlo, y es automáticamente censurado por “machista”. El discurso feminista se ha convertido en una especie de rodillo que aplasta todo lo que se pone en su camino. Nos reafirmamos en la idea de que el feminismo no es intrínsecamente negativo. Lo que lo pervierte son los excesos cometidos al abrigo de la situación que se está dando, que es en buena parte responsabilidad de los mismos agraviados, los hombres.

 49. La única forma de desbloquear esta situación es, por tanto, la creación y divulgación de un nuevo pensamiento, que sugerimos se podría denominar “masculinismo”, y que se constituiría en un discurso aglutinador de los sentimientos del género masculino a propósito de los cambios en la estructura de nuestras sociedades. El masculinismo permitiría al hombre convertirse en agente activo de esos cambios junto a las mujeres, como sería deseable y justo para todo el mundo.

 50. Los constructores de una cosmovisión masculinista tienen una gran ventaja: que tienen como modelo al feminismo, que ya está constituido. La construcción del feminismo se ha llevado a cabo a modo de réplica de los movimientos nacionalistas del tipo centrífugo (los promovidos a favor de un territorio que busca la secesión de un Estado que comprende también a otros territorios). Feminismo y nacionalismo comparten un gran número de características.

 51. En las sociedades tradicionales, los valores, actitudes y sentimientos considerados “estándar” eran los masculinos. Para conquistar su independencia, la mujer tuvo primero que crear o determinar unos valores que fuesen exclusivamente femeninos. El ensalzamiento de lo que diferencia a las mujeres de los hombres es un proceso similar al de ensalzamiento de lo que diferencia a un pequeño territorio del resto de su Estado, como paso previo a la justificación de
 su emancipación.

 52. Emancipados los territorios “diferentes”, el territorio que imponía a los demás sus propios valores y rasgos de identidad se queda solo, y se encuentra con que esos rasgos ya no son universales, y además están cargados de connotaciones negativas, a causa de los ataques discursivos lanzados por los secesionistas, triunfadores. Esto ha provocado, además, que algunos de los propios habitantes de ese territorio renieguen de su identidad y su cultura por considerarlas intrínsecamente avasalladoras e imperialistas (lo que significa que esa gente ha acabado por aceptar las tesis de sus oponentes, como pasa con los hombres que han asumido, por lo menos en parte, el discurso femenino como propio). Al establecer esta comparación estamos pensando en el caso de Yugoslavia, por lo significativo que resulta, aunque cualquier otro caso sería igualmente comparable.

 53. Algo parecido ha ocurrido con la cuestión de sexos en nuestra sociedad. La mujer ha acabado por crearse su propia identidad y su propio espacio, y el hombre se ha quedado solo con sus valores, que ya no son universales. El hombre siente, además, que su pertenencia al género masculino es intrínsecamente negativa y perversa, avasalladora y perjudicial para las mujeres, y ha incluso acabado por asumir las tesis “enemigas” del feminismo, lo cual es antinatural, como ya hemos comentado (párrafo 46). Todo ello ha colocado al hombre en la posición de debilidad que tan detalladamente hemos analizado en las secciones anteriores.

 54. De esta forma, la situación se ha invertido, y ahora son los valores masculinos y no ya los femeninos, los que están despreciados y minusvalorados. A semejanza de la cultura de la nueva (menguada) Yugoslavia, el recién nacido masculinismo tiene por tarea la dignificación y reivindicación de los valores masculinos, y el restablecimiento de las  “relaciones diplomáticas” con las mujeres, ya no en clave de superioridad, sino de igualdad. La asunción de esa situación por los hombres, y la aceptación de la “propuesta de paz” por las mujeres es algo que, como ya hemos visto, es cosa todavía de varias generaciones (párrafo 12).

 55. El hombre debe, además, poner en marcha de una vez por todas su proceso de independencia de las mujeres, para hacer posible una situación de auténtica igualdad. Para ello, debe invadir los territorios que hasta ayer mismo eran pertenencia exclusiva del género femenino, y lo hará abrazando los que serán los instrumentos de su liberación: el horno, la plancha, el aspirador, la escoba, la fregona, el estropajo, el detergente, la lavadora, el lavavajillas, la nevera y el carrito de la compra. Debe desarrollar también el buen gusto para elegir vestimenta, muebles y decoración del hogar, al margen de la tutela femenina.

 56. La aparición de una nueva cultura masculina con una generación de hombres libres y emancipados, capaces de desempeñar todas las funciones clásicamente masculinas pero también las femeninas, con igual perfección al menos, que las mujeres, dotará a estos hombres de las armas necesarias para combatir por fin los excesos del feminismo, despojará violentamente a las mujeres de la mayor parte de sus argumentos anti-masculinos y forzará la irrupción del hombre en la toma de decisiones en lo concerniente al papel que cada sexo ha de desempeñar en la sociedad del futuro.


VIII. LA SOCIEDAD DESPUÉS DEL MASCULINISMO

 

57. Llegará el día en que el hombre conseguirá crearse - al igual que lo hizo la mujer - su propio espacio en la sociedad. Se publicarán (ya se empieza a hacer tímidamente) periódicos y revistas exclusivos para hombres (igual que las publicaciones que ya hay desde hace tiempo sólo para mujeres), habrá emisoras de radio y canales de televisión que trabajarán desde una óptica exclusivamente masculinista.

 58. La sociedad nunca conseguirá ignorar el legado genético de tantos millones de años de evolución. El hombre siempre tenderá a ser más fuerte y grande que la mujer, ya que evolucionó para especializarse en unas ciertas funciones sociales. Y la mujer, mal que le pese, siempre seguirá pariendo a los hijos.

 59. Finalmente, la dominación del género femenino habrá llegado a su fin, al menos en lo concerniente a las cuestiones que hemos tratado aquí. Desgraciadamente para el hombre, la mujer (por herencia genética) siempre dispondrá de más medios que aquel para ejercer una eficaz política de dominio psicológico, con las más sutiles y refinadas técnicas que se puedan llegar a imaginar. Defenderse de esa forma de dominación ya es una cuestión individual de cada hombre. El miedo es libre. Pero la Libertad, siempre grande. ¡¡ Viva la Masculinidad !!



R. Lamas - Galizia - E

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